Toda acción lleva consigo una responsabilidad, no sólo con uno mismo, sino también con la sociedad.
¿Es acaso justificable que un vínculo consanguíneo o sentimental vulnere la estructura jurídica de una sociedad, protegiendo a un criminal? Hay personas que piensan que una madre, por serlo, es incapaz de entregar a un hijo que ha cometido un crimen, aún si en ello se pone en peligro la seguridad de otras personas, incluso la de la sociedad.
Hace más de dos mil años, Sócrates dejó que consumaran una condena injusta, con el fin que se cumpliera la ley. Según él, es más peligroso que se violenten las normas que sostienen el accionar jurídico de un Estado, que se cometa un acto injusto. El filósofo pagó con su vida el respeto a las normas. Pero, ¿qué hay de aquellas personas que privilegian querencias o apetencias personales sobre criterios universales?
¿Debe disculparse que, por amistad, cariño o cualquier tipo de sentimiento o afinidad se esconda, proteja, auxilie a un criminal capaz de causar daños mayores a la sociedad? El amor de una madre o un padre, no consiste en aceptar todo accionar de un hijo, sea este perverso y criminal. El amor debe ser responsable, lo cual implica promover las buenas acciones y corregir las equivocadas. Es responsabilidad de los padres, si un hijo ha cometido un delito, no entorpecer el curso de la ley.
Al cometerse un crimen, el proteger al infractor es también un acto ilícito e injustificable desde todo punto de vista moral y jurídico. Los sentimientos no pueden relativizar el cumplimiento de las leyes. Exigir que la ley se cumpla para los demás, que se castigue a los infractores, siempre que su cumplimiento no afecte los intereses propios, constituye una aberración.
Saber que toda acción lleva consigo una responsabilidad, no sólo con uno mismo, sino también con la sociedad, determinará mayor cuidado en los actos que se realicen, dada la posibilidad de recibir una sanción. Proteger a un criminal no sólo pervierte el orden social, sino también a la persona que lo hace.






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