El rompecabezas para entender el mundo y la materia que sustenta todo a nuestro alrededor tiene una pieza más, o un vacío menos, como quiera verse. La semana pasada los científicos celebraron el hallazgo de lo que creen es el bosón de Higgs, o la partícula divina, porque se supone que es la responsable de la masa de las otras subpartículas atómicas que forman el universo.
Estos avances científicos me encantan, porque nos invitan a reflexionar que más allá de la rutina diaria y nuestras ocupaciones cotidianas hay un mar de conocimiento pendiente de ser descubierto.
El anuncio del descubrimiento fue tan emocionante, que el inglés Peter Higgs, quien hace 48 años predijo la existencia de dicha partícula, lloró al escuchar a sus colegas de la Organización Europea para la Investigación Nuclear (CERN) que los experimentos en el Gran Acelerador de Hadrones mostraron la existencia de la esquiva partícula que él anticipó hace casi medio siglo.
Al bosón de Higgs, bautizado así en honor del científico inglés, primero le llamaron la partícula maldita, por la dificultad para demostrar su existencia, pero finalmente quedó el nombre de partícula de Dios, algo que, según reportan las reseñas periodísticas, no gustó mucho a su teórico, quien se declara ateo.
El descubrimiento se realizó en Europa, que ha invertido la bicoca de $10 mil millones en el Gran Acelerador de Hadrones, el cual detectó a la huraña partícula.
Bromeando con un amigo sobre el bosón de Higgs me decía que esto le venía del norte. Puede que así sea, que no haya un uso práctico, de momento, pero estoy seguro de que a los científicos y los aficionados a la ciencia el norte lo marca la frase de Sócrates: “Una vida sin búsqueda no es digna de ser vivida”.






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